-Abuela, suba- la anciana duda, no reconoce el coche, ni la voz, pero se acerca con paso inseguro, abre la puerta y con precauciones se introduce en el vehículo.
-Hola hijo, ¿te han mandado a ti? Pensé que vendría tu madre.
-Sí, me ha enviado a mí. Abróchate el cinturón, abuela.
-Cada vez estoy más ciega, hijo, ¿eres Roberto?, es que no te distingo la cara, tengo que cambiar de gafas.
-Lo que tienes que cambiar son los ojos, tu problema no se arregla con cristales nuevos- las carcajadas del joven molestan a la anciana que responde con dureza.
-Un poquito de respeto, nieto, que no respetáis ya ni las canas.
-Pero… ¿qué canas?, sólo te quedan cuatro pelos- mete la primera y arranca separándose del bodillo, por el retrovisor mantiene la mirada en la figura de la mujer sobre la acera.
Continúa rodando y dos semáforos más allá, se acerca al bordillo, abre la puerta del pasajero e invita a la anciana a apearse.
-Bueno abuela, aquí te quedas, me he equivocado, no eres mi chica- de nuevo las carcajadas hieren los tímpanos de la anciana.
-¿Qué quieres decir?
-Pues eso, que tampoco veo bien y me he confundido, ¡hale, abajo!, ya vendrá tu nieto a por ti- le suelta el cinturón de seguridad y la empuja sin miramientos. Tan pronto la mujer está sobre la acera murmurando su asombro arranca como una exhalación.
-Joder que pinta tiene la piba esa, esto de quedar por Internet tiene sus inconvenientes, menos mal que la anciana me ha venido al pelo para darle esquinazo.
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